CARRERA ARMAMENTÍSTICA EN AMÉRICA DEL SUR

 


Todo sucedió en una semana. Alvaro Uribe ratificó el acuerdo militar bilateral entre Colombia y Estados Unidos. Lula estableció un amplio convenio armamentístico de Brasil con Francia, unido a un convenio de cooperación nuclear. Y Hugo Chavez visitó Irán, donde también concertó un acuerdo de cooperación nuclear y viajó después a Moscú para avanzar en el aprovisionamiento de armas rusas para Venezuela.
La dura elocuencia de los hechos revela que cuando Chávez señaló que soplaban “vientos de guerra” en América Latina no era un ejercicio de retórica. Hay una carretera armamentística en la región. Con la finalización de la guerra fría, América del Sur había emergido como una región sin conflictos militares. La contienda fronteriza entre Perú y Ecuador no modificó esa situación. Incluso después de los atentados terroristas en Nueva York y Washington del 11 de septiembre de 2001 quedó claro que la región estaba virtualmente al margen de la cruzada mundial antiterrorista liderada por Estados Unidos. Tanto es así que, salvo el caso de Colombia, Latinoamérica había dejado de figurar en la lista de prioridades estratégicas de la Casa Blanca. Dicha ausencia norteamericana fue justamente uno de los motivos que posibilitó la expansión política de Chávez. Esa etapa parece haber quedado atrás. Y, paradójicamente, este nuevo escenario aparece coincidentemente con la asunción de Barack Obama en el lugar que ocupaba George W. Bush, cuando la mayoría de los especialistas insistía en pronosticar el inicio de una venturosa era de distensión diplomática en el hemisferio.

Precisamente la “excepción colombiana” constituyó la causa principal de la súbita mutación de este escenario regional. La autorización brindada por Uribe para la utilización por militares estadounidenses de siete bases colombianas, una decisión que disparó una dura controversia política en toda la región, responde a lo que Bogotá considera como la amenaza de un virtual cerco territorial, motorizado por Chávez y su colega ecuatoriano, Rafael Correa, que permiten la utilización de sus respectivos países como sendas zonas de retaguardia para los guerrilleros de las FARC.

El estrechamiento de los vínculos de Chávez con Irán y con Rusia, que distan de constituir una novedad, constituye un nuevo paso en esta escalada de confrontación. Conviene recordar que el mandatario venezolano ya había llegado a ofrecer a Moscú la instalación de una base militar en su territorio, una iniciativa que los rusos declinaron cortésmente para no provocar una grave crisis en su relación con Estados Unidos. Esta prudencia no impidió que en los últimos años Rusia vendiese armas a Venezuela por más de 4.000 millones de dólares, incluida la provisión de 100.000 fusiles Kalashnikov. Ahora, el interés venezolano se concentra en el abastecimiento de tanques rusos. Y coincide con la entrevista en Teheran entre Chávez y el presidente iraní, Mahmoud Ahmadinejad, en la que además de acordar un mecanismo de cooperación nuclear el líder iraní propuso la constitución de un “frente de naciones revolucionarias”.

En este nuevo contexto, se inscribe el acuerdo entre Lula y Nicolás Sarkozy, que implica la mayor compra de armamentos de toda la historia brasileña, por un monto de 12.000 millones de dólares, una cifra muy superior a las sucesivas compras de armas rusas por Venezuela y también al monto de la ayuda militar norteamericana canalizada a través del “Plan Colombia”, que asciende a 650 millones de dólares anuales. El gobierno brasileño enfatizó su decisión de garantizar el ejercicio de su soberanía en el Amazonas y en los yacimientos petrolíferos descubiertos en su plataforma submarina.

Según el Instituto de Investigación sobre la Paz de Estocolmo, en el 2008, antes de estas nuevas inversiones en armamentos, el gasto militar en América del Sur ascendía ya a 50.000 millones de dólares. El 55% de esa cifra (más de 25.000 millones de dólares) correspondía al presupuesto de defensa de Brasil. Pero resulta significativo que entre los principales actores de este incremento en los presupuestos de defensa figure Chile, que gasta 5.395 millones de dólares anuales, cerca de un 4% de su producto bruto interno.

Cabe señalar que Brasil gasta el 2% de su producto bruto interno (antes de Lula invertía sólo el 1,2%) y la Argentina un 1%, equivalente a 3.000 millones de dólares por año, un 85% de los cuales se destinan a salarios y pensiones. Por el contrario, la particularidad de la inversión militar chilena es su carácter cualitativo. En el 2010, Chile quedará será el único país de la región con Fuerzas Armadas comparables en su nivel de equipamiento con las de la OTAN.

Casi ningún país sudamericano queda al margen de este inquietante panorama. Mientras Perú aumenta también sus inversiones en defensa, aunque en menor medida que sus vecinos Chile, Colombia o Brasil, Paraguay estudia la negociación de un acuerdo con Estados Unidos, para permitirle el uso de una base en Mariscal Estigarribia, a efectos de monitorear la actividad desplegada por el narcotráfico desde Bolivia.

Antes de que sea demasiado tarde, habría que preguntarse sobre el rol de la Argentina en este nuevo escenario regional.
Pascual Albanese , 13/09/2009
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