ALEMANIA Y EUROPA SON COMO EL JAMÓN DEL SANDWICH

 


Alemania conmemora los veinte años de la caída del muro de Berlín y de su consiguiente reunificación nacional con la asunción de una nueva coalición gubernamental, en la que la democristiana Angela Merkel, oriunda del Este germano, sustituye en su gabinete a sus antiguos aliados socialdemócratas por sus flamantes socios liberales, lo que implica un drástico giro hacia el centro derecha en la orientación de la principal locomotora de Europa. El nuevo gabinete encara una reducción del gasto público y de la presión fiscal, para incrementar los alicaídos niveles de productividad de la economía alemana.
Lo que suceda en Alemania es vital para el futuro de Europa. El sistema económico mundial se asemeja hoy a una tijera con sus dos filos. Un filo es la economía norteamericana, volcada a la economía del conocimiento y la alta tecnología. El otro filo es el mundo emergente, encabezado por China, especializada en la producción de manufacturas industriales. En el medio, han quedado los grandes países de la Unión Europea y Japón, cuyas economías todavía no han logrado adaptarse a los desafíos de la globalización.

En 1940, Alemania, Gran Bretaña y Francia representaban casi el 20% del producto bruto mundial, apenas por debajo del porcentaje que tenían en 1914 y algo por encima de Estados Unidos. Actualmente, esa participación se ha reducido a la mitad. Desde 1990, la producción combinada de esos tres países europeos creció a un modesto promedio del 2% anual, con un total acumulado de 40% para todo el período, mientras que Japón creció a la mitad de ese índice.

Durante ese lapso, la economía norteamericana aumentó un 68% (un 70% más rápido que las principales economías europeas y un 150% más velozmente que Japón). En esos 18 años, China incrementó su producto bruto interno en más de un 300% y pasó a convertirse en la segunda economía mundial.

Lo más grave de ese estancamiento de los niveles de productividad en la “vieja Europa”, que deriva en una pérdida de competitividad internacional, no es lo que ya pasó sino lo que puede llegar a ocurrir. Todo indica que ese declive tiende a profundizarse en los próximos años. Según las terroríficas proyecciones del economista norteamericano Robert Fogel (Premio Nobel de Economía de 1993), en el 2040 la economía europea reducirá nuevamente a la mitad su actual escaso 10% de participación en el producto bruto mundial.

Las principales economías europeas no son auténticamente globales. La gran mayoría de sus inversiones y de sus flujos comerciales se desarrollan entre sí y con los Estados Unidos. El resto de la economía mundial casi no figura en el radar europeo. Y es precisamente ese “resto del mundo”, constituido por los países emergentes, el actor fundamental del crecimiento mundial de los últimos años y también de la etapa de expansión que despunta tras la superación de la reciente crisis financiera internacional.

Más allá de la retórica de los gobiernos, la tesis de la “Fortaleza Europea” prevalece por sobre las tendencias estructurales que surgen de la aceleración del ritmo de la globalización. El 80% de las exportaciones de Alemania, Gran Bretaña y Francia quedan en Europa o fueron a Estados Unidos. Sólo el 20% se dirigen al mundo emergente, que hoy supera el 45% del producto bruto mundial.

Ese mismo fenómeno también se registra a la inversa: menos de un 25% de las importaciones alemanas, británicas y francesas proceden de países emergentes, incluyendo las cuantiosas adquisiciones de petróleo y las importaciones originadas en China, erigida este año en la principal potencia exportadora global. En cambio, Estados Unidos orienta la casi la mitad de sus exportaciones y más de la mitad de sus importaciones hacia el mundo emergente.

Algo similar sucede con las inversiones de las grandes compañías trasnacionales europeas en el exterior. Más del 85% de las inversiones alemanas, británicas y francesas se concentran en Europa y Estados Unidos y sólo algo más del 10% fluyen hacia los países emergentes. En contraposición, Estados Unidos orienta casi el 30% de sus inversiones extranjeras hacia el mundo en desarrollo.

Entre el cúmulo de factores que confluye en la decadencia europea, ocupa un lugar central el fenómeno demográfico. Europa atraviesa una crisis de natalidad. Muchos de sus países tienen incluso una tendencia al descenso de la población, unida a un alargamiento de las expectativas de vida. Esa tenaza demográfica golpea sobre el elevado costo de los sistemas de seguridad social. Cada vez hay una menor proporción de población económicamente activa en relación a una creciente masa de jubilados. Esto obliga a incrementar más aún la elevada presión fiscal, en detrimento de la competitividad de la economía.

El nuevo gobierno alemán ha resuelto huir hacia adelante. Merkel lo dijo con claridad: el paciente está enfermo y lo primero es devolverle la salud”. En vez de resignarse al estancamiento crónico, la nueva coalición pretende encarar la realización de reformas estructurales que afectarán al “Estado de Bienestar” y provocarán un incremento de las tensiones sociales. Porque la opinión pública europea suele compartir el diagnóstico pero rechaza el tratamiento. Una vez más en la historia, el resultado de una pulseada que se librará en Alemania moldeará el devenir del viejo continente.
Pascual Albanese , 01/11/2009
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