Los opositores y el consenso anacrónico

 


En las últimas semanas, como eco de las danzas y contradanzas que se observan en el Congreso, muchos observadores y analistas han expresado su disgusto con las fuerzas que suelen agrupar –simplificando en exceso- bajo el término -oposición-.
La desilusión es consecuencia de un espejismo: si bien es cierto que el 28 de junio de 2009 el voto de una notable mayoría de argentinos tuvo como denominador común el recelo, la ojeriza, el rechazo o la bronca ante el oficialismo y sus principales encarnaciones, el heterogéneo elenco político que esa mayoría envió al Congreso no constituye en modo alguno un bloque único ni está recorrido –al menos hasta aquí- más que por un puñado de coincidencias, en su mayoría formales.

Es una redundancia, pues, imputarle diversidad y desconcierto a un conjunto que exhibe esos rasgos casi por definición.

Más relevancia para el análisis tiene, quizás, preguntarse por qué a un número significativo de miembros de ese conglomerado les resulta complicado traducir con energía el mensaje opositor de sus votantes y acompañar a velocidad adecuada los cambios del talante social.

Es probable que el motivo de esa vacilación, de esa retención del ánimo, resida en que muchos de esos sectores que han sido impulsados por los votantes a enfrentar al gobierno, coinciden sin embargo con éste en amplios tramos de un consenso ideológico anacrónico, que algunos definen como “populista” y otros como progresista o “progre”.

Ese consenso, aún dominante en la llamada clase política argentina, forma su magma con ideas y actitudes nacionalistas, autárquicas y estatistas labradas en la primera mitad del siglo XX, y se recubre o adquiere coloratura sincrética con tonos extraídos de sucesivos momentos y modas culturales, desde las versiones mas descafeinadas del desarrollismo hasta, entre otras cosas, las admiraciones lejanas por las guerrillas o el pensamiento tercermundista, la reivindicación tardía de Eva Perón (y en ciertos casos inclusive de su esposo), el ecologismo, las conductas metrosexuales y versiones tuertas de la ideología de los derechos humanos.

Las fórmulas y recetas de ese consenso anacrónico traban la discusión sensata; en base a esas opacas tablas de la ley algunos se empeñan en dividir entre réprobos y elegidos, dictar castigos morales o vender absoluciones. Su vigencia residual transforma ahora a sedicentes opositores en cuasioficialistas que se ignoran.

Aquel combo “políticamente correcto” opera como sucedáneo del pensamiento, inhibe o amordaza los debates sobre la realidad y, transformado en una papilla recocida y un lugar común, ha sido un obstáculo para que la Argentina tenga de sí misma una visión estratégica que le permita entender con realismo el mundo en el que vive.

Basta observar a los países vecinos para constatar que en ellos no se ha cancelado el conflicto o la discusión política e ideológica, pero que allí la discusión entre partidos y corrientes (entre izquierda y derecha, si se quiere) no se apoya en anacronismos, sino que parte de coincidencias básicas ligadas a cuestiones de esta era, y diverge en acentos o matices de aplicación. Ni los seguidores de Lula Da Silva ni los seguidores de Fernando Henrique Cardoso discuten en Brasil si participar o no de los organismos internacionales políticos y económicos, o si deben impulsar y aprovechar la expansión del comercio libre. La Convergencia de izquierda que gobernó Chile hasta hace un mes y por veinte años integró a su país en la OCDE (el club de las democracias capitalistas avanzadas) y convirtió a Chile en la nación de América Latina que más tratados de libre comercio ha suscripto.

El flamante presidente del Uruguay, José Mujica, ha declarado que aspira a resolver en su país los problemas que tienen que ver con la pobreza y la marginación. Mujica es un hombre de izquierda, no un “progre”. No fue un simpatizante lejano y tardío de la guerrilla, sino un cuadro, en sus palabras: “un viejo combatiente” . Probablemente por ello, habla con gran frontalidad, desprecia lo “políticamente correcto” y descuenta que “inevitablemente me van a pegar tirios y troyanos” porque ha llegado a la conclusión de que para dar batalla a la pobreza, debe hacer una política de unidad nacional.

Por eso dirigió un mensaje a las Fuerzas Armadas de su país (“soldados de mi patria”) y resumió diciendo que actuará bajo el lema de que “no hay vencedores ni vencidos” de las luchas de tres décadas atrás, de las que él mismo fue parte. “He tomado la decisión muy profunda, ya muy vieja, de caminar con todos”, dice Mujica a sus militares, porque “la unidad nacional no puede darse el lujo de dejar al costado del camino de este envite fuerzas y cosas tan valiosas en materia de generar compromiso y energía” .Agrega: “Nuestra común causa, soldados, será la lucha contra la pobreza y la miseria por todo lo que encierra de justicia social, pero por todo lo que propone de unidad nacional. Esto no es posible sin unidad nacional”.

Mujica no es esclavo de los consensos anacrónicos; se inspira en Mandela: “¿Cuál es el triunfo de Mandela? El haber logrado un camino común de convivencia para blancos y negros. . No vivir con razones del pasado, vivir con razones del porvenir.” La Argentina, cohibida por la ideología biempensante, no muestra hasta el momento una dirigencia dispuesta a mirar la realidad con esa objetividad, esa grandeza, ese coraje.

Hace unas semanas, Eduardo Duhalde –un político que maduró en los últimos años su pensamiento en contacto con líderes sudamericanos como, entre otros, los brasileros y los de la Banda Oriental) sólo recibió ataques de oficialistas y dizque opositores cuando propuso que en las Fuerzas Armadas argentinas actuales dejen de ser castigadas por cuestiones del pasado. Duhalde sugirió entonces que el Estado empleara a esas fuerzas en la lucha contra la inseguridad para, por caso, instruir y disciplinar a jóvenes que reinciden en la delincuencia o caen en las redes del narco. Esta semana Mujica propuso algo parecido en Uruguay, como arma de combate contra la droga: “"A los adictos (al paco) hay que sacarlos del medio ambiente, tenerlos un poco aislados (…)Se les puede dar instrucción militar. Hay que diferenciar servicio militar de instrucción, que no significa andar a los tiros ni nada de eso (…)También los podemos mandar al campo. El asunto es sacarlos de sus lugares y ponerlos a hacer trabajo físico".

Esas ideas de Mujica, como buena parte de la práctica económica de chilenos o brasileros (para no hablar de la convocatoria de Bachelet a la movilización del Ejército para resguardar el orden interno tras el terremoto, o el empleo de militares para enfrentar a los narcos por parte de Lula) constituyen un chirrido, una estridente disonancia para el coro políticamente correcto que prevalece en Argentina. Chile, Brasil, Uruguay son ritualmente citados en los discursos opositores, pero es poco lo que se avanza en cambiar conceptos observando su ejemplo. Es notable que ni siquiera la presencia regional de líderes respetados y prestigiosos pueda, con sus conductas y sus ideas, oxigenar suficientemente el debate local.

Todo intento serio –radical, peronista, conservador o auténticamente progresista- de hacerle frente a la máquina centralista y centralizada que todavía comanda la familia Kirchner requerirá de los opositores algo más que argumentos protocolares: tendrán que analizar no meramente los abusos, sino los usos del kirchnerismo, que tal vez no sean otra cosa que una variante rústica, intelectualmente usurera y despótica del anacrónico consenso “progre”.
Jorge Raventos , 01/11/2009
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